Cortogenia 10

Cortogenia 10 (Jueves 28 de octubre de 2010)

Siempre con retraso:

Este jueves acudí a una nueva edición de Cortogenia, festival de cortometrajes que se celebra cada poco tiempo (literalmente) en el cine Capitol de Madrid. Para quien no sepa de qué va la cosa, se trata más de un pase de cortos que de un festival propiamente dicho. Reúne periódicamente una muestra de los cortometrajes, nada amateur (todos ellos de una factura perfectamente profesional, rodados por directores y productores veteranos en el formato), así como a lo más granado del moderneo “no moderno” (esto es, estilizados, pero no ridículos) que tiene libre el jueves por la noche. Por poner un ejemplo, cruzarme con Amenábar fue una constante toda la noche, desde la entrada del cine hasta la fiesta posterior en el Reina Bruja.

Las piezas presentadas (¡qué fino queda eso!) eran, eso sí, irreprochables (¡toma Moreno!). Sin guasa. Tanto la calidad técnica, como el guión y las interpretaciones me dejaron asombrado. Unido a un dúo de presentadores particularmente compenetrados en sus “improvisaciones”, la selección de cortos hizo la noche entretenida y provechosa. Pero vamos por partes:

-“Amistad”, dirigido por Alejandro Marzoa, cuenta la historia de cuatro empleados de una oficina que, tras una noche de borrachera, deciden acabar la fiesta en la sede de su empresa. La disparidad de caracteres, unido al descubrimiento de las miserias de cada uno de ellos, hará que se produzca el enfrentamiento entre sí. El guión podría parecer tópico (la historia suena a contada mil veces) y, hasta cierto punto, lo es. Pero las magníficas interpretaciones de sus cuatro protagonistas logran que una historia que podría no pasar de lo convencional impacte extraordinariamente al público. Retrato realista sin concesiones, el comportamiento de los personajes es perfectamente reconocible y, por ello,  molesto para un público que se siente incómodo desde el primer hasta el último plano.

-“Dinero Fácil”, de Carlos Montero, cuenta a priori con un hándicap de partida: el protagonismo de Mario Casas (hasta tal punto genera suspicacia su interpretación, que una actriz cuyo nombre no voy a revelar, sentada detrás de mí, dijo literalmente al verle “qué asco” transcurridos tan sólo dos minutos desde el comienzo). Craso error (estoy fino hoy con el vocabulario): Casas cumple con su papel, y el público no deja de reir con su interpretación (y la de su “partenaire” durante la mayor parte del metraje, Ales Furundarena) en un filme sobre un chapero que, al llegar a la habitación de hotel en la que, supuestamente, debería hacer un “trabajito”, se encuentra con que le han confundido con un sicario.

Este corto me causó una sensación extraña porque, como he dicho antes, el público no paró de reir desde el mismo comienzo. Pero es que yo no sé si esa era la intención del corto. Y me explico: no es que fuese ridículo, y los espectadores se riesen ante la incompetecia de técnicos o elenco, o la futilidad de la historia. Creo que aquellos, al verlo colectivamente, en una sala abarrotada, en la que la gente arrancaba a reir cada dos por tres ante los ¿”gags”?, interpretaban como comedia (ya digo, por aquello de la risa contagiosa; de sumarse a la interpretación que de la escena han hecho los demás) algo que, en realidad, no tenía esa intención. Que el visionado colectivo hizo que escenas dramáticas tuviesen carácter de comedia por lo que yo llamo “el efecto Vicente” (¿a dónde va la gente?). O puede ser que sí que fuese comedia.

Me paso algo parecido (y vuelvo a hablar sobre mi vida) cuando vi “Tristram Shandy: A Cock And Bull Story”, de ese genio que es Michael Winterbottom (reverencia y genuflexión: este tío siempre me ha parecido Dios). He visto la película varias veces (como todas las de Winterbottom). La primera, cuando se estrenó, estábamos ¡tres personas! en la sala (fue en los cines Renoir Princesa, y en fin de semana, así que no hay excusa). Luego volví a verla en mi casa cuando salió en DVD. Y en ambas ocasiones me pareció más floja que sus películas anteriores (que lo es). Me parecía que la comedia se había quedado a medias tintas. Que los chistes estaban sin perfilar y que, aunque la cosa tenía su gracia, no tenía tanta como pudiera haber tenido.

En estas, volví a verla cuando la pasaron en la Filmoteca (que no se me juzgue mal: no soy uno de esos modernos que van a la Filmoteca por el mero hecho de ver una película “en la Filmoteca”; esa gente me repele. Yo iba con una chica [ejem] que no la había visto y se dijo, “mejor que verla en mi casa, ya que la pasan en el cine…”). Lo gracioso (y nunca mejor dicho) fue que al volver a ver la película (era la cuarta vez) rodeado de un público que reía todos y cada uno de los chistes, escenas que las anteriores veces no me habían hecho gracia me hacían troncharme. Y me dije ¿y esto? Pues el “efecto Vicente”. Ahí es donde percibes las diferencias entre el visionado individual y colectivo. Cuando una película está pensada para verse en sala (o, al menos, en grupo), y cuando a solas (ahí, en plena introspección). ¡Que vengan los de la Escuela de Birmingham a investigarlo! ¡O los conductistas!

Joder… Después de esta disgresión hablando de Tristram Shandy, volvamos a Cortogenia.

-“Hidden Soldier”, dirigida por Alejandro Suárez Lozano, quizá la más floja de las cintas que se exhibieron, es la historia de un soldado americano que, en plena Segunda Guerra Mundial, se encuentra atrapado y sin munición tras las líneas enemigas. Perseguido por los soldados alemanes, unos flashes que atormentan al protagonista nos van descubriendo que hay algo “oculto” tras la historia de ese soldado. Cortometraje deudor de las (superlativamente) geniales “La Guerra”, de Luiso Berdejo y Jorge C. Dorado, y “El Rey de la Montaña”, de Gonzalo López-Gallego (admiración para todos ellos), el desenlace final, a diferencia de aquellas, resulta un tanto previsible, con lo que la sorpresa queda anulada a mitad del metraje, más o menos. Con todo, alabar la asombrosa escenografía y dirección de arte que, unidas a una cuidada postpro, dan una factura de gran superproducción a la película.

-“Tchang”, de Gonzalo Visedo y Daniel Strömbeck, aborda un tema poco (por no decir nada) tratado en nuestro cine: las historias de alpinismo. Uno, que aunque tenga cierto vertigo, es amigo de alpinistas y escaladores (que se escalan montañas sin dificultad y luego se rompen una pierna en la escalera de su casa y les trae por el camino de la amargura durante dos años), como mínimo, se asombra ante esta cinta que no tiene nada que envidiar a “Touching The Void” o “¡Viven!”. Basada, aunque no lo diga en ningún momento, en un hecho real relativamente reciente (la historia de dos alpinistas vascos que fueron rescatados por los equipos de montaña de la Guardia Civil en Sierra Nevada), nos cuenta una historia de amistad y autodescubrimiento. Con unas extraordinarias interpretaciones; rodada con la ayuda del equipo de “Al Filo de lo Imposible” y los propios equipos de rescate en montaña de la Guarda Civil, la historia logra emocionar, a pesar de que el final nos deje un poco tibios (parece que el protagonismo se trasladase del personaje de Martxelo Rubio y su conversión moral al acto perpretado por Gorka Lasaosa).

Con todo, a mí, personalmente, fue el corto que más me gusto (y eso que el nivel era altísimo).

-Cerró la noche el cortometraje invitado. En esta ocasión, de Islandia. “Naglinn” (El Clavo) nos muestra a Robert, anciano que, más tarde descubriremos, es en realidad el Primer Ministro islandés (aunque ello no tenga mayor relevancia en la historia) que, tras un accidente en el que se perfora el cráneo con un clavo, cambiará radicalmente su apacible comportamiento, para convertirse en un ser salvaje e imprevisible.

De nuevo, la situación que viví con “Dinero Fácil”. Un público que ríe a carcajada abierta (aunque, esta vez, la risa sea más incómoda [o por incomodidad] que en el caso anterior), en escenas que, a mi juicio (y aunque terminé sumándome al “respetable”) son, en relidad, escenas dramáticas. A resaltar para el caso, la particular (e incongruente) reunión del Consejo de Ministros. No sé: a lo mejor para los islandeses la cosa tiene un significado que a mí se me escapa.

La noche concluyó con una de esas fiestas de confraternización entre gente que ya se conoce, en un local próximo (que ya he mencionado antes), y en la que aguanté cinco o diez minutos. No suelen gustarme nada estas reuniones de “colegueo”. De mi breve paso por ella, me queda la sensación de haber visto al hijo de algún dictador africano cuyo nombre desconozco, y a su séquito de pelotas y guardespaldas, copando varios de los reservados del local (o, al menos, esa era la impresión que transmitía).

Todas las fotografías están extraídas de la página web http://www.cortogenia.es (estrenos correspondientes al 28 de octubre de 2010).

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