Primal Scream

Concierto en la sala La Riviera de Madrid, el viernes 19 de noviembre de 2010

Primal Scream

Trituradora de géneros, batidora de sonidos… A “Primal Scream” se les ha definido de mil maneras. Cierto es que su evolución, entre anárquica, como el carácter del propio grupo (y, a decir de muchos, el de sus miembros) y exacerbada hasta el límite, les ha llevado del “shoegaze” a la electrónica fusión, de ahí al rock sureño, otra vez a la electrónica, primero de aire “trip-hop”, y luego cada vez más “maquinera” (por emplear el término patrio para el “hardcore”); de ahí al “noise” y otra vez la experimentación, para volver nuevamente al blues y el country, y hacerse electrónicos una tercera vez, esta ya, más sosegada.

Pero si hay una definición que escucho últimamente, y con la que no estoy para nada de acuerdo, es que son un grupo de un único disco. Acepto que “Screamadelica” marcó un hito en su momento; acrecentado también, todo hay que decirlo, por ese afán de la prensa musical británica por crear mitos contemporáneos, y por el tremendo ascendente que tienen las publicaciones de las islas sobre nuestra prensa. Y que el hecho de que esta gira, que coincide con el ciclo de conciertos programados con motivo del 10º aniversario de la sala barcelonesa Razzmatazz (aunque esa sea toda la relación con aquella) lleve por título “Screamadelica Live”, contribuye a hacer creer a muchos que no hay vida en “Primal Scream” más allá de aquel discazo de principios de los noventa.

Pero ahí tenemos, para ejemplificar esa evolución a la que me refería antes, esos tremendos álbumes que son “Sonic Flower Groove” y “Primal Scream” (primera época); “Give Out But Don’t Give Up” (tercera época); “Vanishing Point”, “Echo Dek” (probablemente su disco más flojo junto al primero y “Riot…”), “XTRMNTR” y “Evil Heat” (cuarta; la más prolífica y original); “Riot City Blues” (quinta); y “Beautiful Future” (sexta y última, por el momento).

Primal Scream (La Riviera, 19-11-2010)

Sus partidarios podrían decir que no han dejado de experimentar y de tocar nuevos palos. Sus detractores, que no han sabido encontrar un sonido propio y van dando bandazos en función de las modas. Yo sólo sé decir que, cojas el disco que cojas, siempre hay un par de temas que son, casi automáticamente, clásicos contemporáneos. Y prueba de esto es que son el único grupo que he encontrado que gusta por igual a rockeros “de pro”, poqueros (que es como se llama ahora a los “bakalas”) insufribles, e “indies” fanáticos del “noise”, el “shoegaze” y la experimentación. Y conseguir juntar semejantes sensibilidades es un milagro que pocas bandas consiguen.

Por lo que respecta al concierto de esta noche, creo que Gillespie y compañía han logrado por fin encontrar el justo punto de equilibrio entre electrónica y rock “bluesero” que llevaban tiempo buscando (y es que uno ha llegado a escucharse “Swastika Eyes” en versión “unplugged” porque correspondía a la época de “Riot City Blues” y claro: tocaba ser acústicos. Los que estuviesen en el primer “Summercase” seguro que se acuerdan. ¡Como para olvidarlo…!). Pero esta noche no: nada de experimentos. Nada de liarla sobre el escenario (y fuera de él) como en otras ocasiones. Esta noche parece que se juegan a su público. Y una “Riviera” a rebosar hace que la cosa intimide al más pintado.

Se apagan las luces. No están apagadas más de tres segundos y, cuando vuelven a encenderse, Gillespie y los demás ya están en sus puestos. ¡! ¿De dónde han salido? ¿Había una trampilla bajo el escenario? Se les notan los años en la cara (y lo que no son los años), pero a nada que empiezan a tocar, queda patente que la edad no ha afectado para nada su capacidad “rockera”. Comienzo contundente: la guitarra de un Andrew Innes en un particular estado de gracia parece marcar la línea de lo que va a ser el concierto: rock guitarrero con un puntito de distorsión sonora. El repaso al disco titular parece que incluye también temas foráneos como “Jailbird” o “Swastika Eyes” (probablemente los dos mejores de la primera parte). Suenan particularmente bien, y un Bobby Gillespie que no deja de moverse de un lado a otro del escenario emulando a Mick Jagger (indumentaria y gestos incluídos) anima constantemente al personal, haciendo participar al público y derrochando carisma (para asombro de propios y extraños). Hasta tal punto que en varios momentos dio la impresión de que no se lanzaba al público porque el foso era demasiado ancho. Por su parte, un particularmente sosegado “Mani” Mounfield se mantiene en un discreto segundo plano, que sólo rompe en una ocasión para arengar al público en español desde el micro de Gillespie.

Bobby Gillespie (La Riviera, 19-11-2010)

Gillespie, con "Mani" Mounfield y Barrie Cadogan (al fondo)

Gillespie, con Andrew Innes (en primer término)

Tras cerca de una hora de concierto, una extraña pausa de quince minutos hace que baje un poco el ritmo del asunto (lo que, a estas alturas, y teniendo en cuenta lo batalladores que vienen, parece necesario). Vuelven a salir al escenario, pero el intermedio ha sido algo parecido a un “coitus interruptus”: nos ha dejado a medias justo en el momento culminante. Un retorno portentoso de la mano de “Movin’On Up” vuelve a poner al público a tono. Pero ahora vienen los temas más calmados del disco, y la pausa anterior ha hecho mella. La remesa de “dub” y “acid house” que sigue contrasta enormemente con la batería de temas rockeros que ha copado la primera parte. “Rocks” (de nuevo, otro tema foráneo) contribuye a animar al personal. Pero no es hasta “Higher Than The Sun” (en versión íntegra y bastante menos electrónica que en el disco) que no vuelven a pillarle el pulso. La guitarra de Innes, que ha venido marcando todo el espectáculo, vuelve a llevar la voz cantante; aunque parece que a Andrew le cuesta pillarle el punto justo de distorsión, a juzgar por todo el tiempo que le dedica a probar en los controles. Cierran con esas dos genialidades que son “Come Together” y “Loaded”, en sendas versiones extendidas, que Gillespie anima a corear a un público, a estas alturas, desbocado.

Para cuando termina, queda claro que los de Glasgow no tienen previsto salir a hacer bises; por mucho que se lo pida un público al que se nota satisfecho de lleno. En esta ocasión no han defraudado. Y todo, a pesar del “bajón” que supone agrupar los temas tranquilos en una misma tanda, casi al final del concierto, lo que a muchos nos ha creado una sensación extraña (parecida a un frenazo en seco de las pulsaciones, para entrar en un estado de trance que, a mi juicio, debería haber constituído el grueso de la primera parte, y no de la segunda).

Sea como fuere, uno de los principales puntales del rock electrónico ha salido indemne de su choque con sus influencias “blues” y su pasado “house” y “psicodélico”, en la que puede que sea su etapa musical más controvertida. Parece que tuviesen que demostrarle permanentemente a todo el mundo por qué son una de las bandas más señeras de las últimas décadas y, esta noche, no cabe duda de que lo han hecho. ¡Y no han salido a hombros por la puerta grande, porque no han querido!

Cartel de "Screamadelica Live"

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