Primavera Club 2010 (Madrid)

Festival celebrado en diversos recintos de Madrid y Barcelona (en este caso, en la sala “Charada” y el Salón de Columnas del “Círculo de Bellas Artes” de Madrid), entre el miércoles 24 y el domingo 28 de noviembre (en este artículo, los conciertos referidos son los del viernes 26).

Primavera Club 2010

Vaya por delante, como siempre, una advertencia: este artículo es totalmente parcial y subjetivo. ¿Por qué lo remarco? Porque alguno echará en falta flagrantes omisiones. Hay quien se dirá: ¿y por qué los de Madrid? Bueno: porque yo vivo en Madrid y es donde he ido al festival. ¿Y por qué los del viernes 26? Porque el programa es extensísimo, y no había manera de abarcarlo (aunque pudiera parecer que no, hago otras cosas aparte de ir a conciertos), así que, como el viernes se concentraban en Madrid los nombres más gordos o, al menos, los que a mí más me interesaban, me centré en ese día. Y, ¿por qué estos grupos, y no otros? ¡Y por qué, y por qué…! ¡Tantas preguntas! Son los grupos que estuve escuchando (y disfrutando), y por eso hago esta reseña (que no es una reseña, es una crítica, pero bueno…). ¿Alguna pregunta más?

Triángulo de Amor Bizarro

Omisiones imperdonables al margen, lo cierto es que mi idea pasaba, sobre todo, por ver a “Triángulo de Amor Bizarro”, “Cuchillo” y “Holy Fuck”. Al resto, iba a probar. Y lo cierto es que todos dejaron el pabellón bien alto.

Comencé a eso de las 19h con la actuación de los “Triángulo” en la sala “Charada”. El problema allí es siempre el mismo: como la sala es tan alargada y tan estrecha, y con esas molestas columnas junto a la barra lateral, si no te pones en las primeras filas, no ves un pimiento (y eso que yo, bajito precisamente, no soy). Aún así, aquí lo que importaba era el sonido (dicho sin menospreciar a nadie). En un grupo que ha pasado en poco tiempo del “mondo-friki” (o, en su caso, del “mondo bizarro”), con su aluvión de propuestas extravagantes y efímeras, a convertirse en un icono y referente imprescindible del “noise-punk”, tener una sala en condiciones es esencial. Y el local cumplió. Cumplieron también los “TAB”, a pesar de que uno tiene ciertas reticencias cuando va a un concierto en que el artista toca varias fechas en la misma ciudad. Te da la impresión de “¿y si lo mejor se lo guarda para mañana? (y, de hecho, al día siguiente eran ellos el plato fuerte en el “Círculo”). Afortunadamente no fue así y desplegaron un muro de sonido apabullante. Con la única interrupción de un ligero percance de Isa, “El Himno de la Bala”, “Amigos del Género Humano” o el “Baile de los Caídos”, entre otras, fueron atronando la sala sin solución de continuidad (aunque no me hagan mucho caso, porque dentro de semejante batidora sonora, aquello parecía la turbina de un avión y, directamente, te dejabas ir) en un concierto, eso sí, extraordinariamente breve (no llegó a los tres cuartos de hora) y que corrobora las reticencias de las que hablaba antes. Aún así, prolegómeno genial de lo que aún estaba por venir esa noche.

Triángulo de Amor Bizarro (Madrid, 26-11-2010)

Tras una rápida cena tocaba desplazarse en medio de una noche gélida al edificio del “Círculo”, cuartel general del evento y sede central para la noche. La impresión, tras subir los cuatro pisos de interminable escalinata (es la única pega que le veo al sitio a la hora de celebrar estos “saraos”: ¡que siempre desconecten el ascensor!) la sensación no pudo ser más extraña: eran casi las diez…¡y era la única persona allí (excluyendo a los técnicos y los camareros de las barras)! Sensación parecida a la que debían tener quienes iban llegando con cuentagotas (aunque estos siempre podrían decir: ¡mira: al menos hay uno!). Con puntualidad británica, a las diez comenzó el concierto de “Cuchillo”. Los pocos asistentes que ya estábamos allí nos arremolinamos entorno a un escenario que, en aquel momento, parecía inmenso. Pero era sólo la típica “demora hispánica”. A lo largo de los siguientes quince minutos la sala se fue progresivamente llenando, hasta alcanzar un volumen de público nada despreciable. Pero a mí nadie me movía de la primera fila.

Cuchillo

Ya he hablado en otras ocasiones de la música de “Cuchillo”. Un escenario como la Sala de Columnas, en un edificio como el “CBA” le da un toque impresionante. No es ya sólo una magnífica acústica: es el propio entorno. ¡Hombre! No digo que sea “Live at Pompeii”, pero te gana. Es el marco idóneo.  Uno se lo imagina en plan videoclip, sacando partido del edificio, para una música que es justo la adecuada. Pero como no estoy aquí para hablar del contenedor, sino del contenido, hablemos de su actuación.

En palabras de Israel Marco, y dado el formato fetivalero, se trataba de buscar un equilibrio entre temas más comerciales y temas más experimentales. Entre largos desarrollos instrumentales y temas cantados. Y también, presentar en sociedad su nuevo EP, “Duat” (que, por fin, pude conseguir a la salida y llevo varios días seguidos escuchando; algo que no pudo ser hace un mes en su concierto de “Charada”). De nuevo con el acompañamiento puntual de Henrik (esta vez ya nos quedó claro como se llamaba) a los teclados y la segunda guitarra, Israel y Daniel volvieron a hipnotizarnos con una sesión de rock progresivo de tintes atmosféricos, con un genial uso de los efectos (y un manejo impresionante de las pedaleras), en el que voces dobladas (y triplicadas), guitarras lejanas y vibrantes, con su particular sonido ultragrave, conviven con ritmos de percusión  hipnóticos (o cómo sacarle partido a la batería haciendo algo más que golpearla) y un uso de los “loops”, ecos, desfases y reverberaciones que hace que, a pesar de su aparente sencillez, se trate de uno de los sonidos más elaborados del pop actual. Notas de “country” y “folk” junto a la electrónica más original.

Cuchillo (Madrid, 26-11-2010)

“Come With Me”, “Summertime in Sweden”, “Sombra y Mar”… Quizá el estado de trance en el que estaba sumergido el público sólo se rompiese con temas más “vocales” como “Black And White Numbers”. Y, desde luego, con el impresionante y acelerado final que convierte los últimos minutos de sus actuaciones en toda una descarga de adrenalina.

Varios intercambios con las guitarras (incluyendo un cambio de cuerdas sobre el propio escenario) , “setlits” en servilletas, y un sano cachondeo con los presentes corroboran que, a pesar del tipo de música que hacen, cercana a unos “The Doors” o “Pink Floyd” en estado de gracia, no son para nada distantes o engreídos. Ya lo dije en mi anterior “post” sobre ellos. Si estos chavales fueran británicos saldrían al escenario disfrazados y entre niebla. Pero, gracias a Dios, son de aquí. Quizá por ello no les ha llegado todavía el reconocimiento que ya les habrían dispensado si hubiesen venido de fuera. De un lado, es una pena que todavía no sean el fenómeno que llegarán a ser. De otra, es una gozada verles tocar tranquilamente y poder charlar con ellos al final del concierto.

The Hundred In The Hands

Les sucedieron sobre el escenario los que (y vaya por delante mi gusto por el rock electrónico) iban a ser, al menos para un servidor, el descubrimiento de la noche. Los neoyorquinos “The Hundred In The Hands” son un dúo formado por Jason Friedman y Eleanore Everdell que, aunque a primera vista pudiera recordar a grupos “chico-chica” recientes, en la línea de “The Ting Tings” o “The Kills”, facturan un tecno-rock más que notable, contundente y pegadizo (a pesar de que, en plena fiebre por la vanguardia, haya quien les tache de convencionales). A mí (y desde luego, al público que abarrotaba el salón) no nos lo parecieron para nada.

Eleanore Everdell (Madrid, 26-11-2010)

Tras un comienzo un tanto desastroso, eso sí, en el que no pudo escucharse nada a través del micro de Eleanore, la pareja fue aclimatándose y ganando confianza (aunque en ningún momento llegasen a estar a menos de tres metros el uno de la otra). Con abundante material pregrabado (lo que, a mi juicio, puede terminar perjudicando una actuación en directo; sobre todo por lo que respecta a su vistosidad), supieron integrar perfectamente esos ritmos con unas guitarras distorsionadas omnipresentes y demoledoras, que sirvieron para enmarcar una voz aniñada en un cuerpo de modelo, que en ningún momento dejó de moverse sinuosa y juguetonamente por el el escenario.

Jason Friedman (Madrid, 26-11-2010)

Así, los temas de su primer (y homónimo) trabajo, fueron ganando en intensidad. “Pigeons”, “Commotion”… pusieron a saltar a un público que, por su propia naturaleza (y la de este tipo de festivales) es bastante reacio a despegar los pies del suelo, por bien que suene el grupo. Pero la extraordinaria simpatía de una Eleanore, pletórica ante la reacción entusiasta del público, hizo de la segunda mitad de su actuación algo apoteósico. Melodías pegadizas y ritmos acelerados, junto a una voz preciosa (y preciosamente tratada desde la mesa) que hicieron que, si no saliesen a hombros, fuese porque había que bajarles cuatro plantas (con sus respectivas entreplantas).

Mount Kimbie

Tomaron el relevo los británicos “Mount Kimbie”. La propuesta de Kai Campos y Don Maker pasa por ser una de esas alternativas inclasificables a la música de baile. A medio camino entre “Flying Lotus”, “Matmos” y “Alpha”, pueden olvidarse de cualquiera de ellos, porque su propuesta es tan original que les hace únicos (pero no puedo resistirme a las comparaciones). Guitarra (ocasional), cajas de percusiones y algún que otro teclado de otra época, componen el arsenal básico del que estos muchachos se sirven para convertir lo que originalmente podría ser un set de electrónica experimental (de la tranquila) en toda una sesión de baile, en consonancia con los grupos que les precedieron y (sobre todo), habrían de sucederles en el escenario. Le hacen a todo. ¡Lo que les echen! ¿”Trip-hop”? Pues “Trip-hop”. ¿”Dubstep”? Pues “dubstep” (y conste que, para “dub”, el viernes pasado estuve en el concierto de “Primal Scream”; o sea, que estaba el nivel alto).

Mount Kimbie (Madrid, 26-11-2010)

Rock, tecno melódico… Impresionantes, fueron desgranando su notable debut “Crooks & Lovers”. Quizá un poco apagados por el puesto en que les había tocado actuar, lograron convertir un hándicap en sobriedad y profesionalidad, pero sin descuidar que la gente estaba allí para que la sacudiesen y la zarandeaen con lo mejorcito de la música actual. Pero es que, si de zarandear, despegar los pies del suelo y sacar a alguien a hombros hablamos, lo que siguió sí que fue gordo: el plato fuerte del festival: “Holy Fuck”.

Holy Fuck

El cuarteto de Toronto había actuado ya justo la noche anterior. Ahora pagaría por una máquina del tiempo. Para verles aquella y, sobre todo, para repetir ésta. Baste mencionar que, durante la segunda mitad del concierto, temí que el suelo fuese a ceder y venirse abajo: decir que aquello era una colchoneta es quedarse corto. Cientos de personas saltando como posesos durante más de una hora, pogo junto al escenario incluído, hacían pensar que aquello era más una cama elástica que un recinto casi centenario. Pero es que había motivos más que sobrados para brincar.

Holy Fuck (Madrid, 26-11-2010)

Brian Borcherdt y compañía lo habían dispuesto todo para que su actuación fuese memorable. Con sus dos teclados, su guitarra ocasional, bajo, batería, y todo un laboratorio de cachibaches que iban desde una sincronizadora hasta juguetes, un pequeño teclado Casio, y Dios sabe qué más… se propusieron poner en práctica lo que les ha hecho famosos: interpretar el rock electrónico más cañero que pueda escucharse… ¡sin emplear ninguno de los elementos técnicos (léase, pregrabados) que lo hacen posible! Nada de cajas de ritmos. Nada de efectos sampleados. Estos tipos lo tocan todo en directo, aunque a veces haya que estar viéndolo para poder creérselo (y observarles enchufar y desenchufar cacharros en las tomas canon mientras están tocando, no tiene precio; y, si no, que se lo digan a Graham Walsh: ¿que el teclado no suena como es debido? Pues lo tiras y a otra cosa).

Repaso genial por sus tres discos, con especial atención a ese “Latin” lleno de temas demoledores. Como esa arrolladora versión de “Red Lights” (que tengo en mi casa firmada por los cuatro y no me desprendo de ella ni a tiros) y que supuso el culmen de una actuación apoteósica que dejó exhausto al personal. Euforia desatada. Un inmenso gorila con malas pulgas, que estuvo a punto de comerse a Rodrigo, de “Triángulo de Amor Bizarro”, de sacudirme a mí y a varios más de los que estábamos en las primeras filas. Un “totum revolutum” de gente que ya no podía ir a más, porque estaban asistiendo a uno de los directos más asombrosos que he presenciado en mucho tiempo. Al final, recuerdo a varios espectadores agarrando a los miembros del grupo para impedir que se fueran y que siguiesen tocando. Lo dicho: ¡memorable!

Los Massieras

Cerraron la fiesta (la verdad, llegados a este momento, resultaba difícil estar pendiente de algo tras la apoteosis de “Holy Fuck”) los “frikísimos” e inenarrables “Los Massieras”. Hugo Capablanca y David Ducaruge son el centro visible de esta particular formación que versiona de forma alocada y “freak”, pero con muchísimo arte, temas fácilmente reconocibles de tiempos pasados, y que contó para la ocasión con multipercusionista y flautista (y juraría que actor) hindo-neoyorquino Satch Hoyt (armado con un arsenal de elementos, que, en otro contexto, habrían puesto la carne de gallina: curioso tenderete de planchas de metal, cencerros y artilugios varios, a los que sacó un extraordinario partido durante su actuación); un inspirado y sexoadicto videojockey (con proyección incluida de los, literalmente, delirantes vídeos del grupo) y una Natalia Ferviú, protagonista del videoclip “Rumores”, en el que rinden su particular tributo al  tema de Raffaella Carrà, haciendo las veces de go-go de categoría: salió a bailar a mitad del concierto, y ya no la dejaron marcharse.

Así, versiones desprejuiciadas de la Carrá, y de lo más añejo del “italo-disco”, junto a versiones “dance” de la movida o de Adriano Celentano (¿puede ser?), para un grupo que cerró la noche con simpatía, ritmo, muy buen humor y, aunque pudiera parecer imposible después de todo, haciendo bailar y saltar al personal. Bueno… Aunque eso era porque la gente no pensaba que todavía le faltaba bajar la interminable escalinata.

Los Massieras (Madrid, 26-11-2010)

Los Massieras (Madrid, 26-11-2010)

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