Aphex Twin

Concierto celebrado en la sala Razzmatazz de Barcelona, el sábado 11 de diciembre de 2010.

 

Richard D. James ("Aphex Twin"), durante una actuación

 

O, lo que es lo mismo, “Mi semana en Barcelona (Parte 2)”.

El título del evento: “Aphex Twin and Friends”. Se trata de uno de los conciertos programados con motivo del décimo aniversario de la sala Razzmatazz; aunque, casualmente, muchos de ellos coincidan con giras ya en marcha de esos artistas, que hacen su preceptiva parada en Barcelona en el conjunto de salas del Poble Nou. No es el caso del protagonista de la noche, no excesivamente pródigo en actuaciones en vivo.

Ya estuve viendo a “Aphex Twin” en Barcelona el pasado año, durante su actuación en el “Primavera Sound” de 2009. En aquella ocasión hice algo que no pienso volver a repetir: colocarme al lado de una de las torres de sonido durante el concierto. Servidor, que ya venía de dejarse los tímpanos en el concierto, por llamarlo de alguna manera, de “My Bloody Valentine” (impresionante demostración de como machacar lo oídos gratuítamente, en unos, a mi juicio, accesorios últimos veinte minutos, que un conocido describió como estar dentro de la turbina de un avión), se encontró con que, a pesar de los tapones que llevaba puestos (¡!), y de que, en ese momento, no habría podido escuchar una estampida de elefantes comentada por Belén Esteban, ¡podía escuchar la música através de las vibraciones! Era como ese curioso invento de la frikísima Laurie Anderson (el disco para perros con su desmejorado esposo no): una mesa que utiliza la capacidad para transmitir los sonidos de la estructura ósea. En principio, no emite ningún sonido, pero al tocarla, te percatas de que utiliza un medio sólido para transmitir las ondas (en lugar del aire, como vendría siendo lo normal).

Utilizar tu propio organismo como medio transmisor del sonido tiene sus ventajas. Tragar saliva o escuchar tus propios pensamientos no están entre ellas; son mutuamente excluyentes. En esta ocasión no. Nada de repetir la jugada. Ahora, bien lejos del escenario.

Richard D. James (y debería haber empezado por aquí, en lugar de soltar ese rollo) es para muchos uno de los totems de la música electrónica. Exponente más destacado de lo que se dió en llamar IDM (¡no sé a quién se le ocurrió esa gilipollez de tecno inteligente!), una corriente de la electrónica que fusionaba el tecno, principalmente con el ambient, pero también con el drum & bass, el acid house…, es para muchos un genio rupturista. Para alguno, incluso, un Dios viviente. Sin llegar a esos extremos, es uno de los compositores de música electrónica más interesantes de los últimos años. Aunque, curiosamente, lo es más a través de los numerosos alias que utiliza (donde cultiva desde la música atmosférica hasta el progressive), que bajo el más popular de ellos: “Aphex Twin”.

El cartel anuncia que actuará junto a Luke Vibert DJ, DMX Krew y DJ Rephlex Records. A esto se le llama no tener abuela: todos ellos forman parte de la discográfica “Rephlex”, propiedad del artista. Y, en un arrebato de sinceridad, se podría haber llamado “Aphex Twin and Package”. “Aphex Twin” y “Chris Cunningham” (aunque musicalmente sea una estafa), “Aphex Twin” y “Squarepusher” (como hace algo más de un año: el mejor concierto del “Primavera” y una realización impecable que, pensé, terminaría editándose en vídeo), “Aphex Twin”y cualquier otro individuo del sello “Warp”… Eso habría sido “And Friends”. Esto no.

Llego con algo de retraso, así que todavía no sé muy bien quién está tocando. Más tarde descubro que se trata de Grant Wilson (alias, DJ Rephlex, copropietario de la discográfica). Lo hace medio escondido detrás de su voluminoso equipo y, como da a entender su nombre, lo que le ocupa no es un concierto, sino una sesión. Era de esperar. Como no soy muy ducho en el tema de la música de baile, y mi época de fijación con la electrónica pura y dura transcurrió hace muchos años, pasaré por encima (lo siento si alguien tenía interés) de la actuación que tanto él, como DMX Krew y Luke Vibert realizaron antes de la aparición en escena del gran nombre de la noche.

A esas alturas de la liga, y tras asistir a algo más de dos horas largas de sesión de baile, lo último que espero es un directo. Y, efectivamente, lo que sigue es hora y media de sesión (muy lograda, eso sí)  en la que el cornuallés mezcla su característico estilo (que algunos han dado en llamar electrónica abstracta, por la gran cantidad de influencias y el extraordinario pastiche sonoro del que hace gala) con momentos más melódicos, incluso tarareables. Una sucesión de temas solvente, pero en la que se echaron en falta más producciones propias, y menos “platos”. Prueba de ello fue la reacción del público ante sus temas más conocidos (música de cierto anuncio de Coca-Cola que, por cierto, no han repuesto estas Navidades, al margen): con “Heliospan”, la cosa se animó; con “Windowlicker” se desmadró (y aquí sí que se escuchó a parte del público tararear).

Podría parecer que dos horas previas de bailoteo habrían cansado al personal (en cualquiera de sus acepciones), pero no: el amigo Richard consiguió poner en pie a toda la sala, ayudado por unos impactantes audiovisuales (con diferencia, lo más llamativo de la noche) en el que láseres, hologramas y proyecciones se combinaron a la perfección con la música del británico. Un espectáculo audiovisual envolvente (literalmente) e hipnótico, que incluyó, entre otras virguerías, proyecciones con imágenes del propio público, tratadas con múltiples efectos (el más llamativo, máscaras superpuestas en tiempo real sobre sus rostros).

A la parte melódica que dominó la primera mitad de su actuación, le sucedió una más oscura y menos definida, algo más apagada que la anterior (excluyendo el momento “Windowlicker”), pero que ganó bastantes enteros según se aproximaba el final. Fue éste el momento de centrarse en los juegos de luces que tanto hicieron en favor del músico. Una combinación perfecta de atmósfera visual y música cinematográfica, con la que supo ganarse a los que allí estaban.

Finalizada su actuación, Richard saludó educadamente a los presentes y desapareció discretamente tras el escenario en medio de una clamorosa ovación. Un triunfo ante un público que le venera con devoción y que ha contribuído a situarle en la privilegiada posición en la que está, pero que, si he de ser sincero, me dejó con la sensación de que tampoco había hecho un concierto (pasando por el hecho, ya mencionado, de que no se trató en absoluto de un concierto) que valiese el precio de la entrada. Al menos, por lo que a mí respecta, eché en falta sus temas, y me sobró todo lo demás. Me impresionó el asombroso despliegue visual; me enganchó con sus temas de siempre; pero el resto me pareció un lastre. Me transmitió la impresión de haber ido a un concierto de “Aphex Twin” y haber terminado asistiendo a una “pinchada” de Richard D. James. Quizá fuese porque es exáctamente eso lo que sucedió.

Logotipo de Aphex Twin

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